A las barricadas

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Tengo trabajo. Desde el 1 de septiembre de 1976. El mismo desde entonces. Comencé como aprendiz en la E.N. Bazán y ahora soy Técnico Superior no titulado. Nivel 1s en el escalafón, el más alto. Y no, no soy un privilegiado. El trabajo, según muchos es una condena divina, por lo que de ser algo soy un condenado que cumple condena.

Se me revuelven las entrañas cuando veo a Fran, Ale, Irene, Fernando, Noelia, David, …. Podría seguir hasta seis millones, pero éstos que cito tienen cara. A estos los conozco desde que nacieron. Se me revuelven las entrañas, decía, cuando los veo, honrados, formados, trabajadores y profesionales intachables, impotentes mano sobre mano, los lunes al sol.
Se me caen los palos del sombrajo cuando veo a Helena, Fermín, Juanfran, Diego, … con sus licenciaturas y másters aceptando trabajos con sueldos de mierda, jornadas opresivas y condiciones esclavistas, mientras oigo a algún empresario comentar desde su chalet en la costa “la que está en crisis es mi empresa, yo no”.

Y me hundo en la miseria cuando me descubro pensando, diciendo, que podemos darnos con un canto en los dientes porque nuestra hija, al menos, tiene un trabajo que le permite pagar el alquiler.
El trabajo, comenzaba diciendo, no es un privilegio, es un castigo divino a toda la humanidad (uno a uno), según algunos, un derecho inalienable, según otros que además lo apostillan como “digno”.

Esta derechona que, entre todos, no nos engañemos, hemos puesto al frente de nuestros destinos, nos está domesticando. Una mentira repetida miles de veces acaba siendo verdad. Y no es verdad que hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades. No es verdad que en el extranjero nuestros jóvenes encuentren los perros atados con longaniza, que se lo pregunten a Ale después de 10 años en Andorra. A este no lo sacaron en españoles por el mundo. No es verdad que los parados son unos holgazanes que no trabajan porque no quieren…. o que los funcionarios y empleados públicos son unos sinvergüenzas que viven del cuento a costa del país…

No tenemos que darnos con un canto en los dientes sino que tendríamos que darle con un canto en los dientes a ellos. A nuestros gobernantes, a nuestros políticos, a nuestros representantes. A todos , sin excepción, de cualquier color, de cualquier bandera. Y mucho estamos tardando. Demasiado. Igual llegamos tarde y entonces sí que será verdad que la situación será culpa nuestra, de todos. No por vivir por encima de nuestras posibilidades, sino por permitir que ellos lo hagan, a costa nuestra, y sin hacer nada por evitarlo.