FULHACHEDE

IMG_3577Hace unos días me crucé con un conocido en un establecimiento de productos electrónicos e informáticos. Andaba por la sección de Audio-Vídeo, como absorto, perdido, entre tanta tecnología. Una amable dependienta se le acercó a y le preguntó solícita. ¿Puedo ayudarle en algo?. “Fulhachedetresdegüifihachedeemei” le espetó sin pensárselo. “42 pulgadas”, añadió tras una bocanada de aire.

Ahí me quedé yo recordando el comentario de Asimov “la ciencia va mucho más rápido que nuestra sabiduría para utilizarla”.

Este conocido mío que ronda los 60 es buena persona, muy buena. Algo ingenuo, sencillo. Los de esta generación no hemos sido demasiados maltratados por la vida…, de momento. Incluso se podría decir que no nos ha ido demasiado mal. Hasta el punto de poder gastarnos 1000 euros en un “Ful HD, 3D, güifi, HDMI” de taitantas pulgadas.

Días después volvimos a coincidir y le oí relatar entusiasmado, apasionado, las maravillas de su televisor. ¡Qué imagen!. ¡Qué sonido!, “envolvente, tú”. ¿Y el 3D?, joé el 3D. Te pones las gafas y estás viendo una playa y parece que las olas te van a mojar los pies.

¿Pero ya emiten en 3D?, le preguntó su interlocutor.

Bueno, algún documental y demostraciones que hay en yutube. Pero no veas, porque esa es otra, te conectas por el güifi al interné y puedes ver hasta las fotos que tienes en el móvil.

Por el resto de la conversación deduje que este buen amigo. Después de 8 horas de duro trabajo y una comida a toda prisa, se acomoda en el sofá, se encasqueta las gafas polarizadas y se dedica a devorar documentales en 3D con sonido envolvente. Aún a pesar de que carece de audición en un oído y tiene mermadas algunas frecuencias del otro. Aún a pesar de padecer un avanzado estado de miopía.

A punto estuve de juzgarlo, cuando me vi reflejado en un escaparate. Cuando caí en la cuenta de que también yo me encontraba en la cueva con Platón, absorto en las sombras que el sol proyecta contra la pared de la caverna. Mea culpa. Mea máxima culpa.

Bastaría con darnos la vuelta. Ni tan siquiera eso, sólo girar la cabeza para admirar en toda su extensión un espectáculo sin igual. Sin límites de pulgadas, píxeles ni decibelios. En 4D. Sí en cuatro dimensiones, porque hasta el tiempo se detiene. Envueltos en una sinfonía de aromas, algo de lo que aún carece el fulhachede de mi amigo. Sin anuncios. Sin contraprogramación. Todas las mañanas dan en directo el ascenso de una estrella desde el horizonte, mostrando toda la gama de colores posibles. Por las tardes, emiten el descenso de esa misma estrella hasta ocultarse y, tras un espectacular fundido en negro, el cielo se plaga de inumerables estrellas. La programación no acaba aquí ya que este canal emite durante todo el día. Las 24 horas del día los 365 días al año.

 Tenemos todo un universo al alcance de nuestros sentidos y nos empeñamos en encerrarnos en la cueva y verlo en diferido a través del televisor, la tableta, el móvil. “La caja tonta” la llamábamos. No es la caja sino nosotros, nosotros somos los tontos. ¿Sociedad de la comunicación?¿Con cuántos de tus vecinos te comunicas?, eso sí puedo ver fotos de un pakistaní al que ni siquiera conozco, o leer onlain el Financial Times en mi móvil mientras doy de cuerpo a primeras horas de la mañana.

 Platón en su libro VII de la República ilustra la situación del hombre en relación con el conocimiento a través dela metáfora de la caverna. Saramago la transforma en centro comercial en su novela homónima, a tenor de los tiempos. Hoy, esta caverna se reduce a las cuatro paredes del salón, presidido por el televisor, altar moderno en el que danzan dioses y demonios alterando y trastornando la realidad hasta sumirnos en la oscuridad y apartarnos del mundo sensible.

 Pero otro mundo es posible, es real. Sólo hay que volverse. Asomarse a la ventana. Una vez, aunque sólo sea una vez, haz la prueba. Pulsa la tecla roja. Esa que dice off. Y asómbrate ante el estruendo del silencio.