Coffee break

Enrique Martínez Batista

Happy Day, pastelería típicamente norteamericana inspirada en los ’50 en la Calle del Espíritu Santo

Podría ser New York, San Francisco, Londres o Dublín. Pero no, es Madrid. Malasaña, nombre surgido del primer movimiento vecinal del barrio. Hace ya muchos años que visité Madrid por primera vez. Unos amigos me llevaron de copas a Malasaña. Eran tiempos de «la movida« y quedé enganchado. Tiempo después, resulta que mi hija se traslada a Madrid y, cosas del destino, o no, acaba viviendo en el «Barrio de Maravillas» como lo denominó Rosa Chacel en su novela y que en realidad se llama Barrio Universidad.

Y yo, como está mandado, pues que pa Madrid me voy un par de veces al año aceptando a la invitación de Ketama. A Malasaña. Y todas las mañanas me levanto temprano para recorrer sus calles, sus plazas. Calles y plazas con sabor a pueblo a pesar de estar a escasos metros de la Gran Vía. A desayunar en Ojalá en la Calle del Espíritu Santo, en el Café del Arte en la Plaza de Antonio Vega, o en Le Quotidien de Fuencarral. Luego a comer en La Austríaca en la Calle de San Onofre, restaurante casero donde sirven los mejores potajes de garbanzos o berzas que he probado nunca. Y para cenar, un tapeo en La Realidad en la Corredera baja de San Pablo o la Taberna Mozárabe en la Calle de San Bernardino, donde te ponen una tapa con cada bebida. Por la noche, unas copas en El Penta en la Calle de la palma o El junco  en la Plaza de Santa Bárbara escuchando Jazz en directo. Por citar algunos a vuela pluma, porque, no se equivocaba Chacel, es el Barrio de las maravillas.