Memorias de un mindundi (1)

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En casa del mindundi, como en todas las de los obreros, habían carencias pero nunca faltaron los libros. Por aquél entonces había en Barcelona una librería de viejo, Librería Fontana, que vendía por correo. Periódicamente recibían el catálogo y su padre hacía un pedido que siempre incluía algo para él. Cuando recibió la colección completa de las Joyas literarias juveniles de Bruguera, fue todo un acontecimiento que le sumergió en el mundo de los grandes autores.

Este mindundi nació enfermizo. Con la edad diría que con defectos de fabricación. Cuentan que pasó seis meses llorando las veinticuatro horas del día los siete días de la semana sin que se llegasen a conocer los motivos hasta que por las buenas decidió callar. Contaría dos o tres años cuando le diagnosticaron un defecto en la cadera del que no le podían tratar en la Seguridad Social, así que sus padres, para que no se quedara cojito, decidieron llevarlo a Jerez a un especialista de pago. Siempre mantuvo que se acordaba de aquello, del viaje a Jerez en el taxi de su tío, las dolorosas consultas, el año y pico que tuvo que pasar en cama y de cómo le ataban a ella con corbatas de su padre empalmadas para inmovilizarlo. No olvida el inmenso dolor que sintió al apoyar el pie terminado el tratamiento. Esa terrible punzada que le llegó del talón a la nuca cuando su tío, que lo llevaba en brazos, lo depositó a la puerta de casa. Se mantenía de pie por primera vez después de casi dos años. Aún hoy, con más de cincuenta, lo recuerda.

Se mantuvo proclive a enfermar. No escapó a un catarro, una gripe, el sarampión… curiosamente, la varicela, que pilló su hermana, le pasó de largo. Sobre los diez años comenzó a padecer de vértigos y mareos de los que tampoco encontraron la causa, “es el desarrollo” decían, lo que le llevó a pasar una buena temporada entre hospitales, analíticas y pruebas. Aunque mantiene, o se empeña en ello, un grato recuerdo de su infancia todo aquello  le dejó huella. Le imprimió un carácter taciturno e introvertido. Salía poco a la calle, y decir esto en los setenta, cuando la calle era el medio natural, es decir mucho. Al principio por sus afecciones y después por las dificultades que encontraba para relacionarse. Carecía de dotes y habilidades físicas. Cuando se sorteaban los equipos para jugar al fútbol siempre quedaba el último, junto con el gordito, y le tocaba hacer de portero, árbitro o, las más de las veces, suplente. Las carreras se le daban mal y de las “guerrillas” los del barrio de al lado mejor no hablar. Cuando el resto se aprestaba a correr y saltar se volvía a casa a escuchar la radio y leer. Tebeos, muchos tebeos primero y libros después. Lo mismo en el colegio. Por sus dolencias estaba excusado de hacer gimnasia y durante las clases y los recreos, los Hermanos (de La Salle) le permitían quedarse en el patio o en el aula leyendo libros y revistas infantiles.

Eran tiempos en los que no servir para el deporte en general, ni el fútbol en particular era una lacra. Eras el raro, el torpe. Tampoco es que le importara demasiado. Se fue adaptando a ello poco a poco y acabó por aceptar el aislamiento y la falta de amigos. Le llenaban los libros y su imaginación desbordante. Pero a partir de un momento concreto que no sabría situar no le bastaban. Divisaba el mundo a través de la burbuja en la que hasta entonces se sentía cómodo y comenzó a sentir la necesidad de salir fuera. Tendría unos once años cuando la inquietud empezó atenazarle.

Cada vez pasaba más tiempo en el colegio. Su padre, formaba parte del grupo de teatro de antiguos alumnos y lo acompañaba a las reuniones y ensayos. Se quedaba leyendo en la biblioteca o hablando con los hermanos y conoció al Hermano José Miguel. Es un decir porque era su profesor de francés, pero a través de aquellas conversaciones conoció al hombre que había detrás. No hablaban de religión ni de santos. Trataban de lo cotidiano, de libros, de programas de televisión, de cosas que pasaban en el pueblo, en el colegio… pero de un modo especial, se sentía tratado, no como un niño y a nuestro mindundi le confortaban aquellos momentos y le abrían un mundo de perspectivas. Después de unos meses lo tenía claro. Iba a tomar una decisión trascendental en su vida. Iba a pasar página y a comenzar de nuevo. Así que abordó en el recreo al Hermano José Miguel y le espetó sin más, “hermano, yo quiero ser hermano, como usted“. Al cabo de un año, el mindundi, con doce años, emprendía camino a Granada, a la Casa Madre de La Salle, el convento, para iniciar el resto de su vida.

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